miércoles, 26 de septiembre de 2018

Lisboa, Cabo da Roca, Portugal, agosto de 2018.

Nos fuimos hasta Cascai en coche para coger el tren que nos llevó a Lisboa, deleitándonos con toda la costa ya que las vías siguen el litoral hasta la capital portuguesa.

La primera impresión al llegar es la de una incomprensible fascinación que sigue incrementándose más nos adentramos en la ciudad. Los colores pasteles de los edificios juegan con el colorido más intenso de los trams que recorren la urbe de arriba hasta abajo en un silencio abrumador.











Más que visitar, decidimos descubrir barrios, calles, callejones y pasadizos.





Lo cierto es que la ciudad está en plena decadencia, lo que le añade un toque más de extrañeza.






Nos pasamos por una tienda de latas de sardina donde mi sirenita fue elegida Reina de la fabrica acuática.








Nos paramos a tomar una cerveza ya que el calor, aquél día, era ensordecedor.




Después nos pusimos las botas y nos fuimos a comer a una antigua taberna.





Cogimos el tram, bajamos por las vías y nos despedimos en silencio.










Antes de volver a Janas, pasamos por el Cabo da Roca, el punto más occidental del continente. En comparación con la capital, hacia una rasca que no veas.





De repente, una horda de fotógrafos reconoció a mi Reina sirenita y todos quisieron sacarle fotos en un tumulto tremendo.



viernes, 21 de septiembre de 2018

Azenhas do Mar, Praia D'Agrada, Portugal, agosto de 2018.

Después de nuestro periplo por las playas de Carvoeiro, subimos hacia el norte de Portugal hasta llegar a nuestra casa rural situada en Janas, en medio del Parque natural de Sintra-Cascais.

Aprovechamos el final de la tarde para visitar el litoral. Primero fuimos a Azenhas do Mar, un magnífico pueblo costero enclavado en el filo de los acantilados.





Todo el litoral es extrañamente salvaje, con un mar enfurecido cuyas olas se rompen día tras día en los inmensos acantilados que custodian la tierra firme.




En cuanto a mi niña mariposa, revoloteaba como es su costumbre siguiendo la suave música de la brisa marina, desapareciendo y apareciendo en un sin fin silencioso.









Después, nos fuimos hasta la playa d’Agrada, cuyo fantasmagórico paisaje nos embrujó definitivamente, con un océano a la vez bello y revoltoso.






Mi sirenita jugaba a esconderse entre las rocas, molestando a los cangrejos de costumbres apacible.




Volvimos a Azenhas do Mar con la firme intención de no perdernos el atardecer. Allí conocimos a una pareja muy simpática que nos hicieron fotos desde un Dron volador.



Después… mojitos y música, deleitándonos con un poético atardecer sentados a la orilla del mundo conocido.