Nos fuimos hasta Cascai en coche para coger el tren que nos llevó a Lisboa, deleitándonos con toda la costa ya que las vías siguen el litoral hasta la capital portuguesa.
La primera impresión al llegar es la de una incomprensible fascinación que sigue incrementándose más nos adentramos en la ciudad. Los colores pasteles de los edificios juegan con el colorido más intenso de los trams que recorren la urbe de arriba hasta abajo en un silencio abrumador.
Más que visitar, decidimos descubrir barrios, calles, callejones y pasadizos.
Lo cierto es que la ciudad está en plena decadencia, lo que le añade un toque más de extrañeza.
Nos pasamos por una tienda de latas de sardina donde mi sirenita fue elegida Reina de la fabrica acuática.
Nos paramos a tomar una cerveza ya que el calor, aquél día, era ensordecedor.
Después nos pusimos las botas y nos fuimos a comer a una antigua taberna.
Cogimos el tram, bajamos por las vías y nos despedimos en silencio.
Antes de volver a Janas, pasamos por el Cabo da Roca, el punto más occidental del continente. En comparación con la capital, hacia una rasca que no veas.
De repente, una horda de fotógrafos reconoció a mi Reina sirenita y todos quisieron sacarle fotos en un tumulto tremendo.















































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