El sendero seguía el flanco de la montaña, discurriendo bajo el frescor del frondoso bosque hasta llegar a la fuente de las flores, un paraje tranquilo además de idílico.
Pero mi bella caminante quería ir más allá, imposible detenerla.
El sendero, muy florido, nos regalaba explosiones de colores a cada paso.
Más adelante, el camino se volvió más estrecho y escarpado, pero aunque la bajada fue un tanto más abrupta, mi niña trepadora consiguió llegar hasta el árbol de la felicidad sin rasguño alguno.
¡Vaya niña más salvaje! Una vez bajo el árbol de las flores, mi dulce dulcinea me regaló el baile del amor, una caricia, un poco de agua y… ¡A callar y a caminar!
Después de tanta aventura, volvimos sobre nuestros pasos para después seguir un nuevo camino que nos llevó un poco más alto que el vuelo de las abejas.
Descubrimos una Nevera centenaria que daba directamente hacia el pequeño pueblo que se vislumbraba más allá cuesta abajo.
Después, un caminamos, caminamos y caminamos sobre un camino forestal polvoriento que por poco nos volvió locos además de sedientos.
Fue casi dos horas después y casi sin una gota de agua que conseguimos llegar al santuario de "la mare de Deu" en busca de un poco de frescor y de reposo, y aunque muy exhausta, mi niña seguía caminando delante, fiera y, como no, muy trepadora.


































































