miércoles, 30 de septiembre de 2015

Mi niña caminante, Agres, Sierra de Mariola, mayo 2015.

Ese día, mi niña caminante tenía ganas de marcha. Sin pensárselo dos veces, emprendió camino y nadie ni nada fue capaz de detenerla.

El sendero seguía el flanco de la montaña, discurriendo bajo el frescor del frondoso bosque hasta llegar a la fuente de las flores, un paraje tranquilo además de idílico.






Pero mi bella caminante quería ir más allá, imposible detenerla.



El sendero, muy florido, nos regalaba explosiones de colores a cada paso.





Más adelante, el camino se volvió  más estrecho y escarpado, pero aunque la bajada fue un tanto más abrupta, mi niña trepadora consiguió llegar hasta el árbol de la felicidad sin rasguño alguno.





¡Vaya niña más salvaje! Una vez bajo el árbol de las flores, mi dulce dulcinea me regaló el baile del amor, una caricia, un poco de agua y… ¡A callar y a caminar!



Después de tanta aventura, volvimos sobre nuestros pasos para después seguir un nuevo camino que nos llevó un poco más alto que el vuelo de las abejas.



Descubrimos una Nevera centenaria que daba directamente hacia el pequeño pueblo que se vislumbraba más allá cuesta abajo.






Después, un caminamos, caminamos y caminamos sobre un camino forestal polvoriento que por poco nos volvió locos además de sedientos.



Fue casi dos horas después y casi sin una gota de agua que conseguimos llegar al santuario de "la mare de Deu" en busca de un poco de frescor y de reposo, y aunque muy exhausta, mi niña seguía caminando delante, fiera y, como no, muy trepadora.




jueves, 10 de septiembre de 2015

Camino hasta las orillas, Sierra d'Irta, abril 2015.

Habíamos salido muy pronto de Peñiscola para llegar temprano a la sierra d'Irta. Un paisaje árido contrastaba con las lejanas orillas del mar, lo que nos obligó a tener la mochila bien provista de agua fresca. Como es costumbre, mi niña trepadora abrió camino y fue cantando que nos adentramos hacia lo desconocido.

A lo lejos, el mar nos saludaba en silencio, ofreciendo su fresca brisa que nos ayudó a seguir avanzando a buen ritmo.




Una vez llegados al despoblado de Irta, mi dulcinea aventurera se fue en busca del tesoro del Olvido, saltando de piedra en piedrashasta quedarse quieta y entablar una curiosa conversación con unas flores casi más silvestres que su sonrisa.






La bajada hasta el mar fue mucho más amena y rápida, el sonido de las olas reemplazando poco a poco el suave murmuro de los pinos y abetos salvajes.






Al llegar a la orilla del mar, un espectáculo de nuevos sonidos y perfumes nos maravilló los sentidos.





Las rocas carcomidas por siglos de oleaje transformaban el paisaje en perpetuo movimiento, moldeando y cambiando sus colores y formas sin ninguna tregua. 



Mi sirenita quiso ser la primera en pisar los suaves bancos de arena, buscando a unas gaviotas amigas para hablar del tiempo y de las mareas.






Pero todo tiene su fin... y una alta torre, próxima meta de nuestra larga caminata, nos esperaba más allá del horizonte.



De hecho, el señor Chuxo, animado por su bella de las olas, fotografió al dichoso zenit hasta llegar a la conclusión de que no había nada más bello que la simplicidad de la nada.



Fue duro llegar a la torre de las gaviotas, pero una vez allí nos dimos cuenta que aún nos quedaba un buen trecho hasta llegar a Peñiscola, lejano islote en nuestra memoria.









Por fin, nos despedimos de la vieja torre de vigía, maravilla Templaria que, desde el principio de nuestra larga excursión, nos indicó el buen camino y nos ayudó a volver a buen puerto sanos y salvos.



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