La alta fortaleza de la ciudad antigua predominaba un cielo nostálgico, premisa de una larga ascensión hasta "Dios está bien", el pequeño hostal donde nos íbamos a albergar. Una vez a salvo, la primera cosa que hicimos fue subir hasta la terraza para descubrir la lejana costa que discurría más allá del horizonte.
Después de la visita del pequeño faro, un periplo de subir y bajar callejuelas inmaculadas nos obligó a pararnos varias veces para darnos dulces besos y así recobrar algo de nuestras fuerzas gastadas.
Una vez llegados a las murallas que cercan el casco antiguo, el verdadero protagonista es el mar y su agradable brisa que consiguió florecer las luminosas sonrisas de mi dulce sirenita.
Quisimos tomar unas cañas en el "Chiringuito de Pepe", pero el buen hombre había cerrado el negocio para irse a un campeonato mundial de Espeto.
Antes de penetrar en la fortaleza, saludamos al "Papa Luna" que bendijo con un gesto amable nuestra entrada entre los muros del viejo castillo.
Una vez en el interior de la plaza fuerte, más escaleras, pasadizos, escalinatas y escaleras que subir y bajar hasta perder el norte además del aliento.
Un pato sigiloso se hizo amigo de mi dulcinea del mar al reconocer en ella a una bella flor de suaves pétalos. Es bajo la sombra de un viejo árbol templario que nos despedimos de una larga jornada de paseo, esperando el frescor de la noche con una buena cerveza más que merecida.




































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