lunes, 6 de agosto de 2012

Sainte Croix du Mont, Verdelais y Sauveterre, agosto 2011


Sainte Croix du Mont, Verdelais y Sauveterre, un paseo entre recuerdos y buen vino.

Apenas llegado a la cima de la pequeña colina de Sainte Croix du Mont que tuvimos el gran privilegio de ser recibido por el gallo del pueblo en persona, un animal de mucho carácter y con un esfínter de acero. 

En la iglesia, me topé con mi viejo amigo, el mismísimo perro de San Roque. No me lo podía creer! Y aunque muchos digan lo contrario, el buen chucho sí que conserva su precioso rabo. 

Que se sepa!








Bajo el gran árbol que da sombra al silencioso castillo, hicimos una increíble cosecha de marrones...  ¡Incrédulos de nosotros! Nos dijeron después que no eran comestible. Pero mi niña no se dio por vencida e hicimos unos cuantos a la plancha para probar. Y era verdad... no eran nada comestibles.




Llegamos a Verdelais por la parte baja del pueblo que, aparte de su imponente iglesia vigilada por su bella virgen celestial, no ofrece mucho más al peregrino sabueso. 









Eso sí, sus vidrieras son impresionantes. Me tome dos cañas para estar seguro de que los santos no se movían.



Sauveterre. El nombre ya me gusta desde siempre. Es potente y representa la esencia de este pequeño pueblo antiguamente fortificado. De hecho, fuimos hasta allí en bici, más de cuatro horas de paseo, ida y vuelta, bajo un sol sin piedad ninguna. Hay que saber que la antigua vía de ferrocarril transformada en carril bici es un verdadero paraíso por los enamorados de la "pequeña reina". El camino se hace más bello, casi menos duro y fue un placer compartirlo con mi dulcinea.

Al llegar, ni decir que nos tomamos un buen desayuno, sin olvidarnos de probar los famosos Canellé, pasteles de tez oscura, dulces y deliciosos.





Curiosamente, a la salida del pueblo, tuvimos que darle cuenta al guardia campestre del lugar, un hombre que se quedó de piedra nada más vernos llegar. Tuve que propinar unas cuantas caricias a su perro que nos miraba de reojo. En cuanto a la señora del buen hombre, parecía más guerrera que su apacible marido a quién tuvimos que regalar unos cuantos tragos de buen vino para poder volver a casa con el alma tranquila y el monedero más ligerito.





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