Para esta ruta, los chuxines habían decidido darle bastante caña, casi 20 kilómetros de caminata por senderos y pistas por una zona totalmente desconocida para nosotros. Nos levantamos pronto para llegar temprano, justo después del despertar de las gallinas y del almuerzo de los campesinos.
La ruta empieza en medio de una zona de chalets cerca de Quatretonda que dejamos atrás siguiendo un camino que nos llevo hacia cierta altura y donde pudimos vislumbrar gran parte del paisaje circundante. Después seguimos por varias sendas en un sin fin de pequeñas subidas y bajadas pobladas por pequeños bosques de pinos y matorrales.
Nos topamos con un árbol musical que nos susurro una dulce melodía y seguimos a buen paso por varias zonas bastante agrestes y muy bonitas, aunque la falta de lluvia se notaba de manera un tanto persistente.
Avanzamos muy hacia adentro de aquellas tierras formadas por una multitud de colinas y barrancos bañados por un sol despiadado donde descubrimos numerosos corrales arrasados por el paso del tiempo.
En cuanto a mi niña trepadora, husmeaba el aire en busca del buen camino. Es una profesional y con mi bella al mando, imposible perder el Norte. Hasta trepó hacia las cimas de un inmenso árbol para reubicarnos ya que dicho Norte se había vuelto un poquito al Sur.
Parte del camino estaba repleto de fósiles incrustados en las rocas, muestras del paso del tiempo que siempre deja unas cuantas huellas para señalar su largo periplo hacia el infinito.
Nos paramos a comer a medio camino cerca de las ruinas de la Caseta del Tío Honorio. Un bocadillín, una fruta, un besito y a caminar como chuxines indestructibles.
Llegamos a la preciosa fuente de la Cava de la Falaguera, bellísima y silenciosa, felices por encontrar un poco de frescor en medio de tanta aridez. Pasamos cerca de las Penyes de la Mola, impresionante promontorio rocoso que domina gran parte de los bosques.
Después, bajamos tranquilamente hasta el albergue Casa de la Bastida y seguimos caminando por un interminable sendero bastante salvaje, refugio de varios pastores cuyas vacas se escondían del sol en medio de un desierto de matorrales y espinosos pocos amistosos.
Dimos una larga vuelta hasta volver, por fin, hacia el camino que nos iba a llevar hasta nuestro punto de partida, con las patitas un tanto machacadas pero con el corazón airado y feliz por haber descubierto nuevas y bellas sendas desconocidas.












































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