El día se había levantado gris y taciturno, pero como mi niña quería ir a Saint-Émilion, nos lanzamos a la aventura después de un buen desayuno preparado con amor y cariño por el bueno del chuxo.
Es justo al llegar al pueblo que salió el sol, dejando las nubes irse de vacaciones transportadas con alegría por la brisa. Mi bella aprovechó los primeros rayos para revolotear como una bailarina enfurecida.
En lugar de entrar directamente en el pueblo, decidimos aventurarnos a contornearlo por un camino que no conocíamos hasta entonces.
Llegamos a una de las magníficas puertas del pueblo, la menos concurrida y seguramente la más bonita de todas.
Mi dulcinea de azul deslumbraba a un cielo un poco receloso por tanta injusta competencia.
Seguimos nuestro camino hacia el centro por callejuelas tranquilas y bañadas por dulces rayos de felicidad.
A lo lejos, el imponente campanario de la iglesia intentaba, en un vano intento, llegar a tocar la bóveda celeste.
Mi bella quería entrar, pero el señor cura se había ido de vacaciones con las nubes del principio de nuestra historia.
Así que nos sentamos en la santificada plaza donde nos tomamos una cerveza más que merecida. Eso sí, la cuenta no fue la de un santo.
Seguimos hasta el convento y las galerías de arte donde la belleza rizaba el rizo.
Entre tantas joyas, imposible distinguir a mi niña mariposa, tesoro de mi vida.
Volvimos por las catacumbas, rozando bodegas y ruinas embebidas por el tiempo perdido.
Antes de irnos, saludamos a una santa de blanco que no nos ofreció el “apero”.










































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