martes, 28 de noviembre de 2017

Playa de Vega, desfiladero de Entrepeñas, Ribadesella, la Cuevona y el Fitu, Asturias, septiembre de 2017.

Nos perseguían las nubes y este nuevo día había empezado como el precedente: gris y metálico. Aún así, valientes como el pleamar, fuimos hasta la playa de Vega para ver las famosas huellas de los dinosaurios. 

No las vimos, no, pero nos encontramos con una playa cuyas formaciones rocosas me recordaron muchísimo a las de Saint-Jean-de-Luz.








De vuelta, nos topamos con el desfiladero de Entrepeñas, escondido en una curva de la carretera hacia Ribadesella. Fue toda una sorpresa que nos sorprendió gratamente. A unos 900 metros estaba una pequeña capilla perdida en un cruce de caminos olvidados. Como nos pareció digna de ser recordada, nos paramos el tiempo de un click fotográfico.







Lo de Ribadesella es otro cuento. Fuimos adrede a comer al famoso Mesón del Labrador, con el chuxo ladrando como un animal loco e impaciente. 

Como el sitio estaba a rebosar, nos tomamos unos cuantos Ribeiros del terreno a la espera de nuestra oportunidad que no tardó en llegar. 

Pedimos el menú del día, rico, muy rico y pá volverse loco. No hay foto para el recuerdo, sólo la del chupito del final, cuando el chuxo ya no se parecía ni a su sombra.



Después, vagamos por el pueblo como almas en pena, con el ladrador hecho un molusco. Intentamos hacer unas cuantas fotos durante nuestra peregrinación digestiva por el paseo alto, donde disfrutamos de unas increíbles panorámicas del pueblo y de sus hermosas mansiones coloniales.
















Conseguimos llegar hasta los cañones, glorias de otros tiempos, también memorable. Incluso el señor chuxo posó delante de lo que iba a ser, en este fantástico momento, su nueva profesión: Ancla marina.








Su dulcinea intentó fotografiarlo cerca de los acantilados, pero no hubo manera, el animal de pelo raso huía con el rabo entre las patas a cada intento.



Como el tiempo seguía igual, mi niña me llevó hasta la Cuevona, donde la carretera desaparece bajo tierra. El chuxo pensó que había vuelto al  Infierno, pero no, salió la luz y el buen animal volvió a menear la colita de alegría.








Después, decidimos pasar por el Fito antes de regresar hasta el hostal. Mala idea, la carretera era un infierno de curvas y las nubes se habían apoderado del horizonte. 




Una vaca nos aconsejó esperar con ella al día siguiente, pero no le hicimos caso y seguimos tranquilamente nuestro camino de vuelta sin remordimiento alguno.


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