Sólo se puede subir hasta los lagos en autobus, pero creedme, la experiencia vale la pena, os lo aseguro.
Una vez arriba, el aire fresco de las alturas exaltó a mi niña flor feliz de haber llegado tan alto. En cuanto a las vacas, imposible dar un paso sin cruzar el plácido camino de una de ellas.
De echo, son animales muy habladores si se sabe escucharlos.
En cuanto al paisaje, es realmente estremecedor, nos dejó realmente impresionado.
Largas alfombras de hierba fresca se despliegan hacia los lejanos picos, verdaderas catedrales de los cielos.
Escogimos una pista que nos iba a llevar hasta los lagos, primero el de Ercina y luego el de Enol.
Al llegar a lo orilla, mi niña mariposa emprendió el vuelo enseguida y fue muy difícil alcanzarla durante todo el resto de la caminata. No paraba de revolotear sin parar… hasta dejó a una cabra medio atontada por tanto despliegue de energía.
Pasamos por Las Reblagas, unas chozas aún habitadas donde te venden queso del rebueno.
Pero el camino sigue, interminable, pasando por el Bricial, otra aldea perdida en medio de la montaña hasta llegar al Monte Palomberu, un increíble bosque encantado.
En medio del bosque, los elfos nos vigilaban con mucho sigilo… hasta vimos una carcel vegetal para los más indomables de los visitantes.
Después de una larga caminata, pasamos cerca del refugio de Los Pastores donde, no sé porque, las vacas se volvieron mucho más amigables.
Descubrimos el lago justo después, con sus resplandecientes aguas mimetizadas con el cielo.
Hay una pequeña aldea abandonada cerca de la orilla, el lugar ideal para descansar y recobrar fuerzas.
Después de despedirnos de una vaca amiga, seguimos directos hasta nuestro punto de partida y el parking donde suelen llegar los autobuses de vuelta.
Estas dos últimas fotos fueron tomadas desde el autobus, muestra de lo divertido que fue el viaje de regreso.












































































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