Tuvimos que esperar hasta el final de la tarde para escapar de los pesados calores de verano para sentirnos con fuerzas e irnos a dar un largo paseo por Bordeaux, la ciudad que me vio nacer.
Como siempre, dimos largas vueltas y revueltas por las numerosa callejuelas de la ciudad, sin olvidarnos de pasar por la Porte Caihaux y el Miroir d’eau situado justo enfrente de la impresionante Place de la Bourse.
La noche nos sorprendió cerca de la Grosse cloche, un lugar muy especial para mi niña flor que revoloteaba de alegría al ritmo de las campañas. Hicimos sombras chinas en la Porte de Bourgogne, comimos en un Pakistani, fuimos a ver la Flèche, hablamos con curiosos nudistas metálicos, saludamos a la Gironde y nos despedimos en silencio volviendo a Libourne con la marea.

















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