Llegamos con lluvia y ventisca a casa de “De la Vega”. Lo cierto es que no estaba el caballo. En cuanto a la capa, la espada y el antifaz, estaban a buen recaudo en el armario. Pero cabe decir que “l’apéro” estaba servido y la comida que siguió nos dejo con alegría en la panza.
Como el día siguiente fue increíblemente soleado, decidimos dar un paseo por los “Landes” donde vimos un magnífico ciervo que no se dejó fotografiar. Seguimos bordeando el inmenso lago donde, curiosamente, no había patos ni patas.
El cielo nos invitó a seguir nuestro camino, pero el sol nos impidió ir más allá de lo inevitable.
Volvimos con ganas de volver y de revolver.
Al final de la tarde, De la Vega cortó el jamón que habíamos traído de la comarca y, la verdad, con dos o tres copas de cosaco en la cantimplora, las musas bailaron hasta que se hubo acabado la música.
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