El día nos salió lluvioso, imposible irnos de caminata. Así que decidimos cambiar de planes, bien decididos a visitar Lastre. Pero al llegar, el pueblo estaba atiborrado de hordas de turistas. No tuvimos más remedio que dar marcha atrás, optando por irnos hasta la playa de la Isla, donde vimos la isla y las gaviotas, animales voladores de poca fe, que la habitan.
Pero con tantas idas y vueltas sin llegar realmente a ninguna parte, decidimos quedarnos para ir a comer en un restaurante que, de paso, os recomendamos: La peregrina y el barrigón, un nombre encantador para los dos hambrientos que éramos. Dios es testigo que el señor chuxo no dejó ni una sola miga a las gaviotas.
Después fuimos a ver los famosos Bufones de Pría, con el chuxo cantando “Bufone, Bufone, son todos unos cabrone”. Pero era marea baja y sólo oímos los silbidos de estos gigantes invisibles.
Aprovechamos los últimos rayos del día para ir hasta la playa de Gulpiyuri. Estaba cerca y a mi niña mariposa le hacía mucha ilusión.
Llegamos antes de que las aguas se retiraran hasta la próxima marea. Aún así, el lugar es encantador, con una aura de cuentos de hadas.
Subimos hasta los acantilados justo a tiempo para admirar los últimos rayos del sol desapareciendo entre las nubes y un horizonte prometedor de nuevas aventuras.







































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