lunes, 3 de octubre de 2016

Un paseo surrealista, Figueres, agosto de 2016.

Habíamos decidido hacer el viaje hasta Francia con una parada de dos noches en Creixell, un pequeño pueblo cerca de Figueres donde cenamos en un agradable jardín escondido en medio de la ciudad y,  aunque de paso, estábamos con ganas de paseo… 

La noche era fresca y sin mucha gente paseando por las calles. De repente, un curioso hombre de bigote torcido se paró con su coche oscuro y nos invitó a dar un paseo por los recovecos olvidados de su palacio. 







Una vez allí, nos dimos cuenta que hasta la nada conseguía cobrar algún sentido, sobre todo después de unas cuantas copas de un cava milagroso que dejó a mi bella revoloteando con alegría. A veces los techos se transformaban en cielos luminosos mientras las paredes nos invitaban a fantásticos viajes más allá de lo conocido.




En medio de este mundo onírico, los borrachos podían ser dioses cuyas cruces se vertían en oleadas coloreadas.






Nos habían advertido de no perdernos, de seguir siempre el camino sin extraviarnos demasiado porque el hombre de negro, oscuro personaje malévolo, estaba al acecho, procurando hacerse con las almas de los viajeros inconscientes.


Pero tuvimos suerte ya que nos hicimos con un caballo muy loco cuyo carruaje nos llevó de vuelta hasta cierta realidad, por lo menos la de toda la vida.



No hay comentarios:

Publicar un comentario