lunes, 24 de octubre de 2016

Parada obligatoria en Carcassonne, agosto de 2016.

De camino hacía Libourne, cruzando todo el sur de Francia, decidimos pararnos en esta ciudad medieval para visitar la imponente ciudadela que predomina gran parte del horizonte.

Hacía muchísimo viento y mi niña flor casi perdió parte de sus delicados pétalos intentando cruzar con falda el puente que lleva directamente hacia los caminos de entrada de la fortaleza.










Pero mi dulce doncella consiguió llegar arriba ilesa, disfrutando del sol y de las margaritas silvestres, únicos habitantes de las cercanías de las murallas.





Una vez en el interior del recinto medieval, nos dimos cuenta que el lugar estaba asaltado por hordas de turistas ávidos de víveres y brebajes, ya que habíamos llegado alrededor de las 12.00, la hora sagrada para los franceses.






Paseamos por callejuelas poco concurridas, intentando impregnarnos de la magia del lugar.





Pero inevitablemente, eran pocas las oportunidades de escapar del bullicio incesante que se había apoderado de gran parte de la ciudadela.




Antes de despedirnos, descubrimos la famosa puerta de las flores que, según cuenta la leyenda, permite escapar por unos segundos del espacio y del tiempo.




A lo lejos, la ciudad parecía adormecida bajo el azul de un cielo de media mañana. Era la hora de reemprender nuestro camino y dejar atrás tantos misterios que no tuvimos tiempo de descubrir.



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