martes, 18 de octubre de 2016

Cadaqués, parada obligada para los enamorados, agosto de 2016.

Nos fuimos de buena mañana en busca de un poco de brisa fresca, cruzando montes y sueños furtivos.

Una vez llegados a los parajes de este antiguo puerto pesquero, la inmaculada blancura de sus casas nos asaltó la vista, dejándonos caer en una curiosa sensación de ensueño despierto.



Entre las flores lucía mi niña de pétalos de luz, más bella que el sol.



Escondido entre dos callejuelas, nuestro intrépido fotógrafo no dejaba escapar el tiempo que pasaba.



Pero es siempre a tu lado, mi amor, que las vistas son las más bellas.





Cerca del mar, las transparencias de las aguas me invitaban al descanso submarino al lado de mi dulce sirenita.






Más allá del horizonte… se desvanecía el azul del infinito.




Pero hay que saber que las calles del puerto sólo tienen fin si lo deseas… y tras el silencio de nuestros pasos, los besos suelen renovarse de felicidad.






Tras mi bella seguía caminando, buscando el refugio de sus dulces caricias.




A lo lejos, el pueblo nos sonreía, dejando a mi bailarina saltar con ritmo de roca en roca.






Es una vez en alta mar que el pequeño puerto transmite toda su magia, dejando el reflejo de nuestras miradas totalmente embrujado.





Tras mi intrépida capitana, las olas revoloteaban con alegría marítima.



Fiel a si mismo, el señor chuxo lo fotografió absolutamente todo. No hay ni una sola gaviota que consiguió escapar de su incisiva mirada de lobo de mar.




En cuanto a mi bella, el mar la volvía cada vez más guapa.




Cerca de las orillas, el sonido del oleaje, siempre suave y misterioso, nos invitaba al descanso, dejándonos mecer lentamente hacia algún paraíso olvidado.










Después de la siesta, un buen chapuzón merecido, no?




De vuelta hacia las lejanas tierras que nos vieron partir, el mar se volvió más atrevido, acariciando a mi bella niña de sonrisa salada.



Venimos con encanto… para volvernos encantados.





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