martes, 27 de septiembre de 2016

Un paseo por la Albufera, el Palmar, junio de 2016.

Ofrecieron a mi niña flor un paseo por la Albufera sin saber que habían invitado a una sirenita de dulces aguas. El día invitaba a las ensoñaciones y a la poesía, preludio de las bellezas invisible.




Todos los invitados subieron en la gran barca que se alejo rápidamente de las orillas que, poco a poco, se desvanecieron, transformándose en un horizonte incierto donde cielo y olas se confunden eternamente.






Al volver cerca de la orilla, salieron volando muchas aves para escapar de las furtivas miradas de los recién llegados.





En los canales, las olas suelen ser mucho más templadas, invitando al viajero a disfrutar de la belleza del silencio.



El punto final de la excursión era el viejo molino arrocero, ilustre edificio metamorfoseado en hostal para patos paticortos.








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