martes, 20 de septiembre de 2016

De camino hasta las tres cruces, Tavernes de la Valldigna, abril de 2016.

Como ya es costumbre, mi bella exploradora abría camino saltado como una mariposa silvestre. Nada parecía capaz de detenerla, ni siquiera el buen chuxo resoplando diez metros atrás.






Rápidamente llegamos a deleitarnos de los espectaculares puntos vista que dejaban constancia del camino recorrido.




Siempre atrás, el chuxo lo fotografía absolutamente todo… que se mueva o no.



Aunque el sendero era muy empinado, mi niña montesa seguía subiendo como una jabata enfurecida.




Más abajo, el sendero serpenteaba como una lagartija perezosa, estirándose en un sinfín de curvas y recovecos luminosos.









Después de un duro esfuerzo, llegamos al paso montañoso que abría camino a un altiplano florido, con mi dulce mariposa maravillada por tantos colores.








Pero nuestra expedición no se paraba allí. Después de las flores, las rocas, esculpidas por el tiempo y desgranándose entre una esparta vegetación cada vez más silvestre.









Por fin llegamos a la cima, cerca de las cruces, el momento idóneo para mi niña para realizar sus famosas panorámicas, con el señor Chuxo posando como un rey campeón.







La bajada fue mucho más complicada. Mientras mi niña bailaba entre matorrales, su fiel animal de pelo raso se daba unas ostias de mucho cuidado, agujerándose el trasero de espinas de lo más molestas.









El descenso fue mucho más rápido, pero también muchísimo más abrupto… un paseo para mi bella niña voladora.



Al llegar a tierra firme, nos despedimos de tantos tesoros teniendo mucho cuidado… a la hora de pisar el suelo.



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