El Penyagolosa, con tormenta de nieve... pero sin barretxat para triunfar.
La cosa pintaba bien. Hacía buen tiempo, estábamos muy bien preparado y con el animo en las nubes, cargados de mucha agua y esperanza gracias a Monsieur le Txema que nos dio la lata de buena mañana. Bueno, hacía un poco de frío y en las cimas quedaba un poco de las nieves de las tormentas de las semanas anteriores. Nada para asustarnos, de verdad.
Mi niña intentaba animar al buen Malako, pero el animal pasaba de todo y de todos, feliz de refrescarse los huevos en un riachuelo bastante bravo.
Seguimos caminando hasta llegar hasta las primeras nieves. Monsieur le Txema se perdió nada más empezar la subida y tuvimos que guiar al pobre hombre, muy amigo de los animales y del pollo a la brasa con patatas fritas.
Más subíamos, más nieve había. El termómetro bajo drásticamente y el Bolo, animal de gran coraje, nos esperaba fielmente para enseñarnos el camino correcto. Sin él, seguro que aún estaríamos allí, buscando la senda correcta.
Mi niña, muy juguetona, intentó adelantar al buen animal entusiasmado. Pero no había manera y la pobreta tuvo que resignarse al segundo puesto.
Aquí el Malako está hasta los huevos de todo. Los tenía fresco hasta que el Bolo venga a poner algo de calor al asunto. ¡Qué plasta del infierno!
Más caminábamos, más las nubes se hacían espesas y amenazantes. Aún así, la vista valía la pena mientras no te parabas demasiado para no perder el calor acumulado durante la ascensión.
Cerca de la cima, la cosa empezó a complicarse un poco ya que los primeros copos de nieve empezaron a caernos encima. Era muy bello, sí, pero el paisaje empezaba a nublarse tanto que tuve rabia por no haber traído un poco de Mistela.
Al llegar arriba, la tormenta nos esperaba con ganas y entusiasmo. Nos refugiamos tras la cabaña de piedra para comer unos bocadillos más congelados que nosotros. ¡Una gran comida, sí señor!
Curiosamente, bajamos más rápidamente que habíamos subido, cruzando bosques y riachuelos completamente tiesos.
Al final, el Malako se dio una fiesta en toda regla antes de quedarse con su mejor compañero de caminatas, otro perruno de pelo raso y de carácter gruñón.
De vuelta a Benafigós, el pueblo donde nos hospedábamos, dimos una vuelta antes de refugiarnos en la única taberna que ofrece esta pequeñísima aldea medio perdida.
Nos dijeron que no tenían nada, pero que iban a prepararnos un pequeño arreglo con lo poco que tenían. ¡Madre mía! ¡Santa ostia de los cojones! Vaya arregladito nos dieron. Hasta huevos fritos para Bea hubieron. Aún flipo en colores.
Después del tumulto de un día tan largo, siestecita entre los brazos de mi bella, el mejor sitio del mundo.
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