Allí arriba estaba la torre, monolito impoluto tocando el cielo. Para llegar hasta ella toda una aventura nos esperaba.
Hay que señalar que el camino estaba sembrado de obras de arte, grandes o bien pequeñas, que se armonizaban perfectamente con el paisaje, añadiendo un poco de poesía contemplativa al maravilloso entorno natural.
Entre las rocas, no muy lejos de la fuente de la sabiduría, estaban apilados los libros de la vida, el conjunto vigilado por enormes arañas mecánicas además de trepadoras.
Mientras el Bolako corría tras unas furtivas miradas, seguíamos nuestra peregrinación hacia las alturas.
Desde lo alto de la torre, el silencio era imperturbable.
Es entre un sendero de flores que emprendimos la bajada hasta el valle, con "Bea la trepidante" abriendo el camino con su habitual sonrisa.
Durante un descanso más que merecido, mi bella niña de dulces pétalos consiguió charlar con una majestuosa "flor cemento", dulce y dura a la vez.
Más abajo, un molino tántrico nos llamó la atención por su inocua presencia.
Al ver el ciprés del cementerio, supimos que el pueblo ya no estaba muy lejos.
Una vez en las calles de Carnicola, el arte seguía persiguiéndonos a cada paso, cactus, gatos y nueces siendo catalogadas como obras maestras.
Comimos en un restaurante cercano al antiguo lavadero donde, en otra vida, mi sirenita cantaba bellos cantos. En cuanto al Bolako, el buen animal estaba con las patitas rendidas, observándonos con una mirada que nos decía: ¡Dejadme tranquilo y dadme huesitos, waf!
































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