lunes, 14 de diciembre de 2015

Lejos de mi bella, Toulon, octubre 2015.

De muy buena mañana, justo al abrir la ventana del hotel donde me hospedaba, mi bella, que no había podido ser parte de esta aventura, estaba de repente justo a mi lado, mandándome dos golondrinas mensajeras para acompañarme durante todo el día.

Después de un buen desayuno, decidí callejear y perderme por el pequeño casco antiguo de esta ciudad portuaria del Sureste de Francia. Aún era pronto y pude disfrutar del silencio y de las largas sombras que reinan en solitario entre las largas calles y pequeñas plazas que hacen el encanto de esta muy antigua urbe.







Seguí buscando esos tesoros invisibles que siempre me maravillan, esa luz especial que transforma lo cotidiano en maravilloso.









Tras una alta pared homenajeando la ciudad me topé con el mercadillo del fin de semana, colorido y repleto de olores que sólo se pueden encontrar en la costa mediterránea.









Por fin, llegué al paseo marítimo que da directamente hacia el puerto, dulce reflejo de un cielo que, hasta ahora, había decidido ser más que clemente.






Seguí caminando hasta salir de la ciudad y contemplar en su totalidad la rada de Toulon así como sus puertos diseminados a lo largo de la costa.



Al día siguiente, el del descanso, fui con Pau, ilustre ilustrador, a dar un paseo en barco con la intención de descubrir la costa más salvaje de la región.









Llegamos hasta "Les Sablettes" y sin pensárnoslo demasiado emprendimos nuestra aventura a lo largo de la costa, saltando de roca en roca hasta llegar a un pequeño puerto de pescadores.








Allí descansamos un rato antes de emprender el camino de retorno.




Empezó a llover en medio de la travesía, el mar volviéndose cada vez más oscuro y metálico.




De mi viaje aún recuerdo esos atardeceres donde esperaba la llamada de mi bella mientras me despedía del sol con mucha ternura.




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