La brisa soplaba clemente, animando nuestras ganas de emprender el camino.
Siempre es un placer quedar con amigos para compartir la simplicidad en estado puro. Sólo faltaba el Malako, ladrador impenitente, cuyo recuerdo ha marcado gran parte de mis intrépidas aventuras.
Como es su costumbre, mi niña trepadora abría camino como una campeona, escondiéndose entre matorrales y reapareciendo entre campos de hierba salvaje.
Hubo descansos a la sombra de grandes árboles, animadas charlas además de un almuerzo de lujo total.
Nos topamos con un bello riachuelo, joya de estos parajes y punto de encuentro de todos los animalacos del bosque.
Cruzamos las aguas con valentía, saltando de roca en roca como verdaderas ranas intrépidas, dando punto final de nuestra pequeña aventura invernal.























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