No hay duda, desde lejos, la vista del pueblo y de sus antiguas murallas impone. El resplandor de sus paredes blancas crea un fuerte contraste con lo árido de los montes que rodean el poblado.
Pero una vez refugiados a la sombra de las estrechas calles, una apacible brisa nos invitó a pasear en silencio. Mi niña, siempre muy intrépida, fue mi guía y consiguió llevarme hasta el castillo sin perder el norte y aún menos el camino.
Al ver tan bella mariposa, todos los gatos de la comarca se sorprendieron de tan efímera aparición.
En lo alto: las ruinas de la plaza fuerte, medio derrumbada por los asaltos repetitivos del tiempo.
Desde arriba, el pueblo se ve aún más apacible. Sus tejados de formas regulares diseñan una nueva y espectacular panorámica eclipsando, el tiempo de una mirada, la virginidad de las blancas paredes.
Mi amada dulcinea, silenciosa amante de mis pasiones, observaba el cielo tras las ventanas del silencio.
En cuanto al señor ilustre, se duplico para aparecer más en las fotos, el muy testarudo.
De vuelta al pueblo, volvimos a pasear cerca de la plaza de la iglesia justo a la hora de la santa misa.
Un gato nos aconsejo de no entrar y nos enseño la entrada de su morada que, según él, daba directamente hacia otro universo.



















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