Saint-Émilion, Libourne y Bordeaux, mágicos momentos de mucho encanto.
Nueva vuelta a Saint-Émilion, feudo del buen vino por excelencia, un paseo contemplativo enriquecido por los recuerdos de nuestras pasadas visitas .
Lejos de la gran afluencia del verano, el pueblo recobra parte de su serenidad perdida. Fue realmente muy agradable caminar de nuevo entre sus empinadas calles adoquinadas, descansar en uno de sus floridos lavaderos y por fin meditar con música en el patio de su famoso claustro, admirando en silencio un cielo a punto de despedirse.
El mercadillo de Libourne no defraudará al gourmet y conocedor de los néctares de sutiles sabores. Sus carpas se extienden bajo las estrechas calles del centro histórico de la ciudad, dejando un aroma muy peculiar de frutas, carnes asadas y especias que transforman el paseo en un viaje de lo más sorprendente.
Llegamos tarde a Bordeaux, un poco exhaustos, con el paladar y la mente aún aturdidos por una exquisita comida en casa de Jacques y Pierrette. Es con lentitud que nos dejamos empujar por la cálida brisa de la ciudad que me vio nacer, caminando hasta terminar el día en una oscura bodega típica del lugar, disfrutando del sabor de una generosa y merecida cerveza.






































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