lunes, 15 de abril de 2013

L'entre-deux-mers, agosto 2012


Una vuelta en bici en Entre-deux-mers.

Los días se habían vuelto soleados, el verano llegaba a su fin y la belleza de los parajes seguían intactos, como si nos hubiesen esperado antes de despedirse y dar la bienvenida a la próxima estación. En los silenciosos bosques que rodean el viejo pueblo de Dardenac, la hermosura se despierta cada mañana, inalterable, igual a si misma y sin cambios ninguno.





Más allá en el camino, un paisaje mil veces visto se desenredaba a lo lago de la pista, dejándonos de nuevo maravillados por sus sutiles encantos.




Parada en la casa encantada, escondida bajo las sombras de un frondoso bosque y rodeada por un riachuelo de aguas tranquilas.





Entre las viñas pasean los habitantes del bosque, tímidos y celosos de su tenue libertad. 




Pero ya era hora de volver a casa, la noche amenazaba en envolvernos bajo su abrigo de estrellas y la rosas estaban a punto de cerrar sus pétalos hasta la mañana siguiente.





Entre dos o tres copa, acabamos este bello día con una merecida cena, contándonos historias y cuentos de otras aventuras… de otras vidas.



Velamos hasta que las estrellas mismas, cansadas de nosotros, se fueron de paseo por la vía láctea, la única que no tiene ni principio ni fin.



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