Como la tía quería invitarnos a dar un paseo en barco por el Bassin, nos levantamos antes que las palomas y los grillos para aprovecharnos de la marea y de las gaviotas.
Llegamos a Arcachon sin problema y nos fuimos directamente al embarcadero para comprar nuestros billetes de ida y vuelta a bordo del “Spirit of Bassin”.
Después de un café cafu, embarcamos sin demora y empezó nuestra gran aventura en alta mar.
Mientras mi niña jugueteaba con el sol, la tía se tomaba un Ricard imaginario para combatir el mareo ambiente.
Pasamos cerca de las Cabanes Tchanquées y de los parques de ostras dando vueltas como mariscos enfurecidos.
Nos acercamos a la otra orilla donde descubrimos antiguos pueblos de pescadores reconvertidos en balnearios para ricos y crustáceos de todo extirpe.
Mi niña, siempre vigilando el alta mar, se estaba volviendo más precavida que un viejo lobo de mar, serena frente a la inmensidad del horizonte.
A lo lejos se perfilaban las dunas de Pilat, refugio de legiones de cangrejos perseguidos por hacienda.
Y allí fuimos, a lo alto a lo más alto, tocando casi el cielo (pero no la lotería).
Por un lado, la inmensidad de un frondoso bosque…
… Y del otro, mi bella Sirenita y un océano contemplativo por tanta belleza marina.
En marea baja, no quedaba más que bancos de arena por donde habíamos navegado durante toda la mañana, un efímero reino para toda clase de mariscos y una ganga para todos los restaurantes de la costa.
El chuxo se volvió de nuevo fotógrafo, aunque no ladrador, y no dejo ni un rincón de su bella sin un recuerdo digital.
El sol seguía su viaje, la brisa era agradable y eran las vacaciones de verano… el paraíso.




































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