En contraste con los días anteriores, la mañana se había despertado gruñona, desplegando un espeso abrigo de sombrías nubes.
Pero al llegar a casa de Jakipi, el sol salió de su escondite justo al primer brindis, el último de los primeros.
Enseguida nuestros anfitriones nos invitaron a disfrutar de suaves sabores guisados con amor y mucha sabiduría, un verdadero espectáculo para la vista al mismo tiempo que para el paladar.
Por la tarde, a parte de la tía que decidió visitar a Morfeo, nos fuimos de paseo por la zona portuaria en plena reestructuración de Bordeaux. Vimos antiguas grúas, marea y fango, más marea además de esclusas olvidadas.
Unos perros pintados nos indicaron la dirección de la antigua base submarina del tercer Reich, el que tenía que durar mil años y que acabó remuerto de la risa.
De vuelta a casa de Jakipi, despertamos a la bestia, abrimos más botellas y brindamos a la espera del despertar de las estrellas, estos lejanos soles de la noche.














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