miércoles, 9 de noviembre de 2016

Paseando por Burdeos con mi bella, agosto de 2016.

Al levantarnos, el sol ya se había despertado mucho antes que nosotros. Como mi niña no paraba de dar besos a todo lo que se movía, no paré de dar vueltas por si acaso… nunca se sabe.

Es que a esta niña de las flores, le gusta el sol, el campo y su chuxo.

Como el tiempo parecía clemente, decidimos irnos toooooodo el día a “Bordeaux”, callejear lentamente como enamorados.





Una vez llegados a buen puerto, mi bella se puso a saltar de alegría. No había quién la parara.



Empezamos nuestro periplo perdiéndonos por estrechas callejuelas donde reinaba el silencio más absoluto.




Siempre delante, mi dulcinea de los mil pétalos lo quería descubrir todo.




Por fin, llegamos a la “Place Saint Michel”. Era día de mercado, pero antes de perdernos entre los mercaderes, decidimos entrar en la catedral en busca de un poco de frescor santificado.




Entre las piedras aún se podían oír antiguos rezos olvidados.



Una vez fuera, los santorrones nos dejaron en paz, Dios se apiade de ellos.




En cuanto a mi bella, seguía revoloteando entre los escaparates multicolores, inmortalizando cada momento con un “Click” fotográfico además de su bella y luminosa sonrisa.



Comimos un excelente “couscous” en nuestro restaurante preferido, donde solemos pararnos cada vez que visitamos la ciudad. El chuxo se puso como el Kiko, para variar.




Después , no pudimos resistir y nos fuimos al “Espejo de agua” donde mi niña se volvió más bella que la luna.



Es allí que el señor Chuxo se desató, haciendo fotos de su bella sin parar.







Después vino el agua… y todos se pusieron a bailar.








Seguimos nuestro largo periplo caminando hasta la “Place des Quinconces” y su maravillosa fuente, eterno homenaje a las deidades del agua.








Entre dos caballos, mi bella seguía cavalgando como una fiera amazona indomable.





Decidimos descansar un rato del calor en el “Grand théatre” , templo de lo bello y de lo majestuoso, soñando aventuras de las más increíbles.












Una vez fuera, pasamos por la “rue Sainte Catherine” para después perdernos de nuevo en las numerosas callejuelas que hacen el encanto de la urbe.



Una virgen de oro nos saludó desde lo alto, lo que nos incitó a tomar una buena cerveza bien fresca en un pub para nada católico.





De camino hacia la “Grosse cloche” empezó a caer una llovizna más que bienvenida. Descubrimos un bicho de piedra, una niña bailadora, una tienda de ratonsky, una mujer de papel y una campana bien gorda.









Seguimos caminando hasta olvidar que caminábamos. A lo lejos, la ciudad se despedía bajo las nubes y, vencidos por el cansancio, aminoramos la marcha enlazados el uno contra el otro hasta desaparecer más allá de nuestros sueños.




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