Empezamos nuestra pequeña caminata en el parking de Saint Pée sur Nivelle. Después de dejar la escuela y el camping del pueblo seguimos por una pequeña carretera que cruza los campos de “piments”, tan famosos en la región.
Después de dejar la carretera, seguimos un amplio camino comunal que pasa en medio de un espeso bosque agreste poblado por gigantes olvidados.
Esta parte del camino es bastante rural, para nada salvaje, y rápidamente llegamos a la zona de los chalets que rodean el lago. Es allí que mi niña flor posó en familia. No quiero hacer la pelota, pero ella es la más guapa y colorida de toda la parentela.
A continuación bajamos hacia el lago, desertados por los turistas que, apenas una semana atrás, sembraban de su presencia el fértil césped especialmente cuidado para su bienestar.
Eso sí, nos topamos con un pescador, un verdadero profesional de la caña y de las “Gauloises sans filtres”.
Después de saludar al ancestro del lago, el árbol más grande y veterano de todos los alrededores, cogimos un pequeño sendero que cruza las bellas tierras vascas.
Mientras que a la derecha vislumbrábamos la Rhune, meta del día siguiente, pudimos observar a la izquierda las cimas del Artza Mendi, nuestra odisea del día anterior… toda una aventura.
Se dice que todo lo que baja, sube. Aquí mi niña posaba haciéndose de súper nena mientras un servidor observaba la pendiente de los cojones que nos esperaba a lo lejos.
Pero somos profesionales y seguimos a buen ritmo por un camino precioso y solitario, cruzando riachuelos, evitando jabalíes que nunca vimos mientras admirábamos a cada paso la belleza de la campiña que nos rodeaba, con el final de la cadena de los Pirineos despidiéndose a lo lejos.
Mas allá nos esperaba el final del camino, pero no antes de cruzar una verdadera puerta vegetal, un nido gigantesco que cruzamos bajo los silbidos de los invitados del bosque.






























No hay comentarios:
Publicar un comentario