Menos mal que el desayuno de la Almasserà es de lujo total, porque la caminata que siguió fue de campeonato.
Llegamos en coche a Fleix con toda la cofradía totalmente mareada, pero la bajada hasta el infierno nos esperaba, cálida y encantadora como una serpiente deslizándose lentamente en la falda de la montaña.
Cruzamos el monte y seguimos bajando los escalones, parte del encanto de este infierno, hasta llegar al barranco mismo, para volver a subir por un sendero que no parecía tener fin ni sentido alguno.
Conseguimos evitar algunos peligros y llegamos a la primera meta del camino sanos y salvo. Después de subir, hay que bajar… y viceversa, pero todo con alegría.
De nuevo en el fondo del barranco, el Maestre Javi nos hizo el montículo, arte peregrino como no los hay.
La subida que sigue es la más divertida para el alma endurecida.
Rápidamente, el barranco no es más que un recuerdo, aunque el camino sigue subiendo sin tregua.
Sube, sube, y sube hasta que, más allá del horizonte, aparece el mar, espejismo de una ensordecedora frescura.
Después… el camino sigue subiendo, con mi niña mariposa emprendiendo el vuelo hasta desaparecer entre los matorrales en flores.
De vez en cuando, reaparecía entre las nubes, lanzándome besos y tesoros de amor puro.
Pero todo tiene un fin, y llegamos a nuestra meta en un poquito más de cinco horas de caminata casi ininterrumpida.
Volvimos con muchísimas ganas en nuestro rincón preferido de la Almasserà, disfrutando de una merecida bandejita de sufrimiento, esperando la cena donde el Maestre Javi consiguió torcer todos los cubiertos del restaurante sólo con el poder de su mente endemoniada.
Después de unos chupitos de hierba buena y del pastel de los milagros, el Maestre del averno me retrató como sólo él sabe hacerlo.


























































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