Desayunamos con besos en la terraza de la Almàssera, despidiéndonos de nuestra cálida habitación y de Miguel, que nos recibió con arte y entusiasmo.
Nos aconsejó una ruta de despedida alrededor de Margarida, así que sin pensárnoslo dos veces, nos fuimos de nuevo de aventura.
La ruta transcurre por un camino forestal que sube sin parar, ofreciéndonos panorámicas excepcionales sobre el pueblo y todo el valle.
Subimos tanto que conseguimos ver el mar, cruzando floridos campos de cerezos en flor y de margaritas salvajes, todas amigas de mi niña mariposa.
A lo lejos, Catamarruch, donde el chuxín se hizo un amigo de cuatro patas, cola corta y pelaje raso.
A la vuelta, mi bella de las flores se mimetizó con la naturaleza, ambos en su pleno esplendor.
Volvimos por el barranco, un atajo de los mil cojones.
Pero sobrevivimos y conseguimos llegar al pueblo sanos y salvos, con ganas de volver algún día.
De vuelta a Sollana, comimos en La florida, acabando nuestras vacaciones con un Gin-Tonic atómico.




































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