De buena mañana, el día había empezado con globos. Bueno, un globo, que vimos subir y bajar para no volver a subir.
En cuanto a mi niña flor, nos había preparado una ruta botánica y geológica, un sendero supuestamente repleto de flores, en bucle, fácil y encantador.
Empezamos por una subida empinada de la rehostia. Eso sí, flores había por todas partes.
Lo cierto es que caminamos con los ojos clavados en el suelo en busca de fósiles y tesoros geológicos que nunca encontramos… ni rastro de ellos.
En cuanto al bucle, seguimos caminando recto hasta llegar a Saint-Saturnin, un pequeño pueblo que nos había llamado la atención desde muy lejos por estar situado en el flanco de la montaña.
El pueblo en sí es muy pequeño, con su plaza y su iglesia. Lo curioso es que tiene escondido tras un promontorio rocoso una muy bonita presa además de los vestigios de un castillo medieval derrumbado.
Eso sí, hay que subir para disfrutar de la impresionante vista que da sobre la comarca entera.
Volvimos intentando llegar a Gargas por el camino más corto, pero algo fallo y acabamos por separarnos de Txema y Bea, cruzando un sendero invadido por multitudes de flores amarillas.
Mi niña mariposa se transformó… y aún sigue revoloteando en mis sueños.




























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