Viajar en el “Bordelais” sin visitar Saint Émilion es un pecado para nosotros. Es cierto que cada año hacemos una visita en esta Meca del vino, y seguramente siempre seguiremos haciéndolo.
Esta vez intentamos variar nuestro paseo por el pueblo. A parte de la visita obligatoria hasta la terraza panorámica desde la cual se puede admirar el pueblo en su conjunto y las viñas circundantes, fuimos a visitar la iglesia monolítica. Por desgracia, no se podía hacer fotos, aunque aprendimos mucho sobre el pueblo y el ermitaño que le dio su nombre.
Intentamos encontrar nuevos puntos de vista rodeando la aldea por un camino que, hasta la hora, no habíamos descubierto.
Mi niña mariposa revoloteaba escondida entre las flores, despertando belleza y colores.
Antes de irnos, saludamos al Guardian de las tierras del viejo castillo que nos observó con la tranquila mirada que le corresponde.
Pero volvimos unos cuantos días después con la tía para hacer un paseo con el “Petit train touristique” que nos llevó a dar una vuelta por las propiedades vinícolas que rodean el famoso pueblo del vino.
Para la ocasión, mi niña se transformó en marciana eléctrica, hablamos varios idiomas, incluso con las manos y los pies.
Probamos vino, cantamos unos cánticos y volvimos felices y calentitos como perdices estofadas.









































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