Empezamos nuestras vacaciones en Libourne por irnos a pasar el día con Jakipi en su casa de Bordeaux. El día había salido luminoso, el arte de la mesa espectacular y nuestros anfitriones más que encantadores.
Nos quedamos allí hasta la noche, charlando animadamente del pasado, del futuro… olvidándonos del tiempo que pasa y disfrutando de la belleza de las estrella entre risas y humo.
Hablar de Libourne es hablar de su espectacular mercadillo que tiene lugar cada martes, viernes y domingo. Es una fiesta de colores y de olores, todo en movimiento continuo, charlando animadamente con los vendedores ajetreados, disfrutando del momento en medio de un torbellino de sensaciones.
Conjunto de productos de la tierra, del mar y del cielo, cada paso es un verdadero viaje que hay que disfrutar como es debido.
Curiosamente, este año caminamos bien poco por esta pequeña ciudad bordeada por la “Dordogne”. La plaza del ayuntamiento, por fin restaurada, es bellísima, y siempre acabamos en un momento u otro por tomarnos una cerveza en el bar de la esquina.
Hicimos una fantástica panorámica de la “Flèche” de la iglesia y caminamos una buena media hora hasta llegar a la capilla del “Condat” que, por desgracia, estaba cerrada.
Vimos a un hermano de “Le Roux” y, al final de nuestra estancia, mi tía nos invitó a un restaurante perdido en un diminuto pueblo cuyo nombre he olvidado. Lo que sí me acuerdo es de la exquisitez del vino y de los manjares que florecieron nuestros paladares.





































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