martes, 17 de octubre de 2017

Murs, nuestro último fin de día en el Vaucluse, Junio de 2017.

Después de nuestra visita a Avignon, pasamos el resto del día en casa. Era nuestro último día de vacaciones, así que fuimos de compras para volver con productos típicos de la región. Al volver en coche, decidimos pasar por un pequeño pueblo situado en el flanco de la colina y que veíamos cada día desde lejos.

El pueblo se llamaba Murs y, además de tener sus calles muy floridas, cada rincón escondía insólitas musas, verdaderos guardianes de esta silenciosa aldea.









Mientras mi niña estrambótica seguía con sus fotos cósmicas, conseguimos llegar hasta una terraza que dominaba todo el pueblo.





Allí, muy por encima de las casas y de la iglesia, el horizonte se dejaba entrever tras las lejanas montañas.






Volvimos a la plaza del pequeño pueblo para charlar un rato con unos intemporales sabios mientras mi niña mariposa revoloteaba con una de las musas.





Al irnos, nos despedimos de las bondadosas entes con un  saludo formal aunque encríptado.


Más allá, vimos un viejo dragón de metal, pero era ciego y hacía siglos que no tiraba fuego mágico.


De vuelta a la casa de Gordes, a jugar con la perrita y a dibujar lineas insólitas.





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