jueves, 5 de octubre de 2017

Les ocres de Roussillon, junio de 2017.

Después de haber vuelto a casa, hicimos una buena siesta después de la comilona. Pero faltaban colores para mi niña que, escoltada por su Chuxo animal parlanchín, se fue de excursión hasta Les ocres de Roussillon.

Llegamos tarde, a apenas media hora del final de las visitas del sendero de “Los ocres”. Así que fuimos directo al grano, cruzando este muy bonito pueblo turístico sin entretenemos mucho con el fin de poder entrar antes del cierre de las puertas que custodian la entrada del sendero.




Lo cierto es que fuimos los últimos en entrar… lo que nos permitió visitar todo el recorrido absolutamente solos.






Las fotos hablan por si solas… no hace falta más palabras para quedarse embobado por el espectáculo de las formaciones rocosas esculpidas por el tiempo y su infinita sabiduría.












Hicimos muchísimas fotos, casi hasta volvernos loco, pero valió realmente la pena.







Al volver al pueblo, con los zapatos totalmente rojos, todo estaba prácticamente cerrado, bendito horario francés de los cojones. Pero decidimos seguir la visita subiendo al casco antiguo situado en las alturas de un promontorio rocoso.





En cuanto a los turistas… ni rastro de ellos. Estuvimos disfrutando de la visita acompañados de unos cuantos gatos…. nada más.





Y la verdad flipamos en colores. Esta parte de la visita fue toda una sorpresa, con sus casas floridas, su bonita iglesia, con el aire fresco y puro proviniendo desde más allá del horizonte, sin hablar de las vistas panorámicas que nos dejaron sin voz.












Volvimos hacía abajo por callejuelas y pasadizos secretos, descubriendo plazas escondidas, escalinatas misteriosas y gatos trapecistas.    














Por la noche, después de la cena en la casita de Gordes, volvieron los valientes de pelaje oscuro para el festín de medianoche. No los interrumpimos ya que tenían pinta de muy pocos amigos. Aún así, tanto nosotros como ellos disfrutamos de la velada.




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