Llegamos pronto a Avignon. Nuestro primer trabajo fue encontrar un sitio para aparcar, ardua tarea que nos llevó lejos del centro de la ciudad.
Después, tranquilo paseo por las sombreadas calles de la ciudad, saludando las numerosas estatuas y cariatides que se quedaron de piedra al ver a mi niña mariposa paseando revoloteando de alegría.
Pasamos por el mercado cubierto, cruzando encantadoras plazas repletas de comercios, llegando tranquilamente cerca del imponente Palais des Papes.
El palacio es impresionante. Aprovechamos la ocasión para seguir con las enseñanzas de Monsieur le Txema, posando como moluscos efervescentes.
Seguimos subiendo hasta el Rocher des Doms donde la vista panorámica sobre la ciudad y su famoso puente vale con creces la pequeña subida.
Después del estanque milagroso, el puente cortado, el árbol pulpo, las palomas bailadoras y las escalinatas turbulentas, llegamos sin saber como al otro lado de las murallas que cercan la ciudad entera.
El puente está roto desde hace siglos. Hay que ser vago de cojones para no haberlo reparado y terminado desde entonces. Lo más increíble de todo, es que hay gente que paga para ir y volver ya que no hay nada más que ver ni cruzar.
Acabamos por una foto estrambótica, final apoteósico de nuestra divertida visita.
Una vez en casa, comida de los reyes con dos payasos, una mariposa y una exploradora.







































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