Aquel viernes hacía un calor infernal. Cada rincón a la sombra se transformaba en un valioso tesoro. Aún así decidimos irnos a visitar aquel castillo, uno de los muy pocos que aún nos quedaba por descubrir.
Esperamos a nuestra guía protegiéndonos de los rayos del sol escondidos en el antiguo pórtico del castillo.
Es una vez dentro que la fortaleza ofrece toda su belleza, mi bella mariposa revoloteando entre sus milenarias piedras silenciosas.
El castillo está dividido en dos partes, una donde está permitido hacer fotos y en la otra no. Es una pena ya que el buen chuxo tenía ganas de transformarse en guerrero templario de las galletas.
Pero la visita incluía también un paseo con pistas en el inmenso parque que está a la orilla de la “Dordogne”, así que fuimos de aventura campestre.
Hay unos árboles casi tan viejos como el castillo. También vimos gallinas, brujas, guardianes imponentes, pasadizos florales y lagartijas intrépidas.
En cuanto a la explanada que da hacia el río, ofrece una simetría perfecta que juega con las sombras fugaces.
No podíamos irnos sin antes terminar nuestra visita con una de las fantásticas panorámicas surrealistas de mi niña flor, maestra de los cielos y de las estrellas.






























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