Volvimos al barranco de los 6000 escalones con las pilas puestas y bien puestas.
Empezamos el camino en el lavadero de Fleix, pista que dejamos enseguida para emprender el sendero de bajada que nos llevó hasta la “Gran cascada” y, más adelante, hasta el fondo del barranco, más seco que la calva del señor Chuxo.
Los escalones no tienen piedad con el caminante sin alma, así que mejor ir con la mente templada y la mochila repleta de cantimploras de agua bien fresca.
Una vez abajo, se vuelve a subir de nuevo y sin tregua. De echo, hay un buen trecho hasta llegar al altiplano y volver a bajar, pasando esta vez delante de una dulce fuente de agua siempre bien fresquita.
Almorzamos al llegar de nuevo al barranco para, después, continuar de nuevo el camino por la parte más empinada del sendero.
El último tramo es sin duda, y para muchos, el más duro. El camino no parece tener fin, el sendero estirándose interminablemente por las faldas de las montañas, subiendo y bajando en un sin fin de vuelta y revueltas.
Tuvimos la suerte de ver el mar en medio de un lejano valle, lo que nos proporcionó las últimas fuerzas para llegar a Benimaurell y seguir la pista que nos devolvió, exhaustos, al lavadero de Fleix.
Nuestro record: Cinco horas y siete minutos.
Volvimos en coche hasta Benimaurell, comiendo un cocido de loco en el bar Jalisco. Y no, que se sepa de una vez por todas: ¡el señor Chuxo no habla ruso!

























































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