viernes, 9 de junio de 2017

Paseo lluvioso por el barrio del Trastevere, Roma, enero de 2017.

Después de comer en un pequeño restaurante situado cerca de la plaza de Navona, al lado del encantador hotel donde nos hospedábamos, mi bella mariposa quiso hacerme descubrir con tintes de amor el barrio del Trastevere.

Una fina llovizna parecía haberse apoderado de la ciudad, dando un brillo especial a las callejuelas de está bellísima parte de Roma.

Está claro que las calles florecidas le dan un encanto inolvidable al barrio en verano, pero el frío y lluvioso invierno consigue dar otro tono al Trastevere que, curiosamente, parece mucho más antiguo y misterioso. Mientras nuestros pasos se reflejaban en un indecible eco, digna muestra del pasado, el lejano rumor de la ciudad tendía a desaparecer poco a poco.








Subimos una pequeña colina que nos llevó hasta la Real academia de España. Allí arriba, las vistas de la ciudad, despidiéndose del día, cobraron todo su esplendor, dejándonos una imagen fantasmal de la inmensa urbe.




Seguimos caminando hasta perdernos bajo una lluvia cada vez más persistente, cruzando la isla Tiberia que se reflejaba en las apacibles aguas del Tíber, fuente de vida de esta ciudad milenaria.









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