martes, 13 de junio de 2017

Roma la bella, enero de 2017.

Por fin volvió el sol. Eso sí, hacía un frío que pelaba, pero no había duda alguna que ese era nuestro momento para descubrir otra Roma, la que, hasta ahora, se había quedado medio escondida tras las nubes.

Como siempre, empezamos nuestro periplo por la Piazza Navona y su colosal obelisco, seguido por el Pantheon, la Iglesia de San Ignazio di Loyola, el patio del Palazio Venezia hasta llegar al Monumento a Vittorio Emanuelle II, donde subimos hasta su azotea para empaparnos de una vista completa de la ciudad.




















Allí arriba, mi niña mariposa hizo unas cuantas de sus famosas panorámicas, añadiendo su inconfundible sonrisa, luz viva de la felicidad.






Después de bajar de las nubes, pasamos por el Campidoglio y su discreto patio, cruzando toda el Área del campo romano, la parte más antigua de la ciudad, la de los Cesares, del Colosseo y del Circo Massimo.















Volvimos a cruzar el Tiber con la meta de comer en el Carlo Menta, nuestro restaurante preferido.





Después de una buenísima siesta más que merecida, aprovechamos de las últimas horas del día para pasear por la orilla del río, disfrutando de la bellísima luz que desdoblaba la ciudad en las heladas aguas del Tiber.




Llegada la noche, volvió a llover, pero eso no nos impidió irnos hasta la Fontana di Trevi, inmortalizando el momento con un largo beso de amor puro.










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