Aunque en enero, Roma la bella parece más adormecida que durante el resto del año, consigue resplandecer con una tenue luz de puro encanto que nos dejó deslumbrados.
Antes de todo, aprovechamos de la poca afluencia de turistas para ir al museo Vaticano, visita obligatoria y altamente recomendada.
Franqueamos los somnolientos puentes que cruzan el Tiber, pasando delante del palacio de Justicia y del castillo de San’t Angelo para finalmente llegar a las puertas de la plaza San Pietro, entrada del Vaticano y de su histórico museo.
Evidentemente, intentaron vendernos la moto ofreciéndonos entradas anticipadas a buen precio, pero mi niña guerrera, fiera de mis aventuras, no se dejó engañar. Había poca cola, todavía no llovía y conseguimos entrar en menos de veinte minutos, pasado por la aduana y saludando a las guardias Suizos.
Una vez en la plaza, lo primero que se visita es la basílica de San Pedro, majestuosa y verdadero emblema de la ciudad.
Hay que entender que una vez se está en la Santa Sede, todo es majestuoso… además de santificado.
Después entramos con muchas ganas en el museo que se encuentra en la parte posterior y donde los vendedores ambulantes pululan como moscas endiabladas.
El museo mismo es una verdadera locura. Desde los primeros retablos hasta las obras maestras, el camino está atiborrado de tantos tesoros que es casi imposible no quedarse totalmente asombrado por las riquezas artísticas ofrecidas a los visitantes.
Incluso vimos unas salas exclusivamente dedicadas a los faraones de Egipto y sus dinastías, donde mi mariposa, exhausta, empezó a comunicarse por señales con las momias, y después con los numerosos animalacos que acompañaban a los difuntos en su viaje hasta la eternidad.
Hay tanto que ver que acabamos fuera de combate, sin saber muy bien que fotografiar o bien a donde seguir con la visita.
Después de más de tres horas de visita, preguntamos a una gaviota por la salida. Curiosamente, estaba custodiada por bestias mordedoras, vigilantes de las puertas de los milagros que nos dejaron como piedra.















































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