La ruta empieza en la mismísima iglesia del pueblo, cerca de la fuente donde se pueden llenar las cantimploras de agua bien fresca y husmear el dulce perfume de las flores silvestres de la casa del vecino.
Como es su costumbre, mi niña mariposa, aquel día de alas azuladas, abrió el camino bien decidida a subir allí arriba, revoloteando entre los almendros en flor que nos abrían las puertas de su paraíso.
De hecho, hicimos fotos hasta perder la uso de la razón.
En cuanto al sendero, hay que decir que la subida es bastante abrupta, sin sombras para protegerse de los indomables rayos del sol, la primavera siendo la fecha idónea para emprender esta ruta corta y bastante empinada.
Una vez arriba, las ruinas del castillo, refugio de los reyes de los cielos, domina todo el valle que se extiende hasta perderse de vista.
Tuvimos que tener mucho cuidado durante la bajada, un paso en falso y la caída puede ser de categoría.
De vuelta al florido valle, nos sumergimos de nuevo en el mar latoso de los almendros, reino de las abejas polinisadoras, incansables obreras de dulce zumbido.
La ruta se acaba en la fuente de los milagros, custodiada por un gato de mirada traviesa, y cuyas aguas nos hicieron olvidar enseguida las horas de camino a pleno sol.





































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