Aunque llagamos al final de la tarde a Begur, nos quedaba un poco de tiempo para aventurarnos a visitar unos pueblos medievales cercanos, provistos del mapa que nos habían obsequiado en “Aiguaclara”, el fabuloso hotel de tinte colonial donde nos hospedábamos.
Como Peratallada estaba a un tiro de piedra, llegamos justo antes del toque de queda. De hecho, no quedaba casi nadie en el pueblo que pudimos visitar con toda la tranquilidad del mundo.
Las casas aún están cercadas por su antigua muralla, lo que le dan mucho más prestigio y magia a las callejuelas tocadas por la gracia de los últimos rayos de sol del día.
El pueblo no es muy grande y todas las calles te llevan directamente a la plaza central, la del antiguo palacio y de la mayoría de los comercios.
Evidentemente, mi niña mariposa hizo unas cuantas de sus fantásticas panorámicas, marca de la casa y de fama internacional, donde podemos admirar al señor Chuxo en plena acción.
¡Viva, viva la gran bestia!
Lo cierto es que fue un verdadero placer perdernos en el bellísimo laberinto de las pequeñas callejuelas circundantes donde cipreses y arcos de piedras nos sumergieron en el tiempo y el silencio.
Al llegar a las afueras, la “Torre de l’Homenatje”, iluminada por los últimos rayos del sol, se recortaba en un cielo intachable, mar de las estrella y dominio de la luna, maestra de las multitudes de gatos que esperaban su pronta llegada, aprovechándose de la despedida del astro solar y de este largo día de aventuras.

























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