miércoles, 12 de julio de 2017

Platja de Castell, marzo de 2017.

Aunque no lo sabíamos, el día iba a ser muy largo, y muy provechoso. Empezamos nuestra odisea en el Jardín Botánico de Cap Roig, con un cielo bastante nublado y una brisa tan fresca que nos obligó a llevarnos los corta vientos de montaña. 

Un largo sendero nos llevó en medio de un frondoso bosque de pinos que bajaba poco a poco hacia el mar. Eso sí, no había indicaciones para orientarse, así que lo mejor era intentar ir siempre que se podía en la supuesta dirección de la costa.









De hecho, un fuerte temporal había dejado la costa muy dañada, muchos de los árboles huérfanos de algunas de sus poderosas ramas.




Al llegar a los acantilados que se pierden en las profundas aguas turquesas del mar, el sol se apoderó del cielo como un monarca de su trono.




Ahora hacía mucho calor, sí, y la temperatura parecía seguir subiendo sin piedad alguna. Eso no impidió a mi niña flor seguir con sus impresionantes panorámicas a tiempo inverso, un verdadero logro metalúrgico.






Llegamos a la Cala Foradada, precioso e idílico asentamiento de un antiguo pueblo Ibérico. 




Después de la Platja del Castell Palamos, nos encontramos con un precioso pueblo de pescadores que daba hacía el espejo acuático de una tranquila cala.



Allí mi reina pescadora retomó sus poderes naturales. Después de un corto descanso en su hamaca real, reemprendimos el camino hasta el Castell de San Esteve, primera meta de nuestra excursión.






En el camino de vuelta, nos acompaño un chuchín de lo más majo, que se quedó con unos músicos fluviales que llamaban a las musas de las profundidades con encantos. No vimos musas, pero el chucho se quedó por ahí.



Caminamos a buen ritmo hasta llegar a una urbanización de chalets medio escondidos en el bosque totalmente vallado. Pero conseguimos bajar hasta las famosas calas, que son las verdaderas joyas de todo esta parte del litoral.





Subimos, trepamos, saltamos de roca en roca, resbalando, mojándonos los zapatos, pasando en medio de enormes puertas rocosas… La cala Estreta, de la Cadena, del Cap d’en Planes, pasando por el Crit y su playa, que da hacia un sendero medio derrumbado y muy empinado, esos son los nombres de los tesoros que descubrimos totalmente maravillados.










Salimos victoriosos y sin un rasguño, con los ojos repletos de bellezas turquesas y recuerdos de zafiro.




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