Empezamos esta ruta en el mismísimo pueblo de Etxalar, junto a su florida iglesia, rodeada de preciosas estelas vascas y de un césped perfumado de eternidad. No lo sabíamos aún, pero esta primera caminata por los montes iba a ser una de las mejores de la temporada.
Apenas dejamos atrás el pueblo, el sendero se empinó sin descanso, llevándonos casi hasta los cielos.
Pero los Chuxines son unos campeones, y alcanzamos lo más alto de lo alto, con una vista impresionante sobre los valles y montes, auténticas bellezas entre bellezas.
Continuamos a buen ritmo por unas pistas forestales espléndidas y excepcionalmente soleadas —todo un milagro por aquellas tierras— hasta llegar al canal de Etxalar, joya de esta ruta: un paraje poético y floral, perfecto para la ensoñación y el sosiego.
Fieles a nuestro lema, “siempre hacia el más allá”, seguimos el canal durante kilómetros, disfrutando de una experiencia casi mágica que nos encantó y nos embrujó para siempre.
Encontramos no pocos obstáculos que superamos con cuidado y entusiasmo; los Chuxines son trepadores por naturaleza, lo que no les resta ni un ápice de su entusiasmo casi animal.
Esta parte del camino nos maravilló especialmente, despertando una sensación de paz y una profunda conexión con el entorno.
Dejamos el canal para internarnos en un bosque impresionante, vigilado por inmensos guardianes vegetales que parecían desearnos buena ruta desde sus frondosas copas. Nuestra niña trepadora abría el camino con paso decidido.
Avanzamos por senderos otoñales tapizados de hojas caídas hasta emprender un verdadero descenso.
La ruta continuó junto al cauce del río Tximista, siguiendo el recorrido de Karmen, que comienza entre las ruinas del caserío donde vivió. Una carretera comarcal casi olvidada nos condujo entre una colección de pequeños puentes que el señor Chuxo fotografió con el frenesí creativo que le caracteriza.
Ya cerca de la civilización, nos cruzamos con caballos y vacas que nos observaron con curiosidad, no exenta de sorpresa.
Las inmediaciones de Etxalar son particularmente hermosas: su puente de madera, el caserío de Karmen, sus verdes praderas y sus menhires ancestrales dan la bienvenida al caminante exhausto.
Hicimos una breve parada “para echar un vistazo” en el Bar Asador La Basque, que nos gustó tanto que nos quedamos horas, disfrutando de un festín gargantuesco que casi acabó con nuestros estómagos. Pero los Chuxines lo pueden todo: nada los detiene, porque son los mejores y se aman más que nada.
¡Vivan los Chuxines! ¡Viva el Bar Asador La Basque! ¡Y vivan los chupitos que coronaron esta jornada gloriosa!




























































































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