Este año, el temporal no nos permitió disfrutar de tantos anocheceres como en temporadas anteriores, pero supimos empaparnos de ellos con mucha más sabiduría y encanto. Ya fuera desde nuestra querida playa de Erromardie, desde el Bistrot du Mata o a lo largo del paseo marítimo de Saint-Jean-de-Luz, cada uno de esos crepúsculos fue un paso más hacia la contemplación absoluta —madre de los sueños y del firmamento. Hicimos algunos vuelos muy por encima del litoral, un día de marea baja, cuando las gaviotas vigilaban el infinito y las olas se apagaban en silencio.
















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