viernes, 31 de octubre de 2025

Arditurri, una caminata entre agua y mineral, Peña de Aia, Guipúzcoa, septiembre de 2025.

Aún hacía fresco cuando llegamos al pequeño aparcamiento del punto de partida. Las nubes y la niebla no presagiaban nada bueno en cuanto al tiempo, pero nos atrevimos, y echamos a andar por una pista ciclista que nos condujo directamente hasta la antigua mina de Arditurri.






Fue a partir de este punto cuando la ruta comenzó de verdad. Seguimos un sendero que cruzaba varias veces el riachuelo de Arditurri —cuyas aguas brillaban de alegría— hasta llegar a su gran cascada, el primer regalo del día.




Comenzamos a subir por un camino a veces agreste, cruzando más y más riachuelos que nos saludaban al paso, dejando tras nosotros un canto de agua y de niebla.


El sendero nos llevó a un bosque denso y verde, donde el tiempo parecía haberse detenido para siempre.









Más arriba, un tramo empinado nos condujo hasta nuevos saltos de agua que parecían nacer de la nada, como si la montaña respirara por sus venas líquidas.









Tras horas de caminata, nos dimos cuenta de la magnitud del paisaje: un mosaico de cumbres y valles, de sombras y luces que cambiaban con el viento.


Emprendimos el largo descenso, cruzando bosques casi impenetrables donde el canto de los pájaros nos guiaba como brújula invisible.





Volvimos a subir, coronando varias crestas que nos ofrecieron panorámicas prodigiosas: los grandes montes cubiertos de bosque y, a lo lejos, el litoral bañándose en el sol, con un San Sebastián diminuto brillando en el horizonte.







Avanzamos a buen ritmo por bosques antiguos, guardianes de historias que el tiempo ya olvidó.




La bajada final fue larga pero amable. Volvimos a pisar la pista ciclista y sus túneles silenciosos, que nos devolvieron al punto de partida con el cuerpo cansado, el estómago vacío y la mente serena.






Ya en nuestro Nido de verano, nadie osó acercarse al señor Chuxo, que defendía con uñas y dientes su plato de longaniza del terreno y sus patatitas camperas, preparado con amor por su bella niña flor.


¡Estos Chuxines son los mejores! Saben bien lo que es caminar —y nunca se pierden, porque el Norte siempre les lleva a buen puerto.

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