Fue una preciosa aventura la que emprendimos, cruzando el puente de piedra y alcanzando la cascada Putzubeltz, joya escondida entre los montes de Arantza.
La ruta nació en el corazón mismo del pueblo de Arantza, bajo un cielo poco clemente, cuyas nubes parecían observarnos con curiosidad. Atravesamos la aldea en un suspiro, y pronto nos hallamos frente al umbral del bosque, donde el camino empedrado comenzaba a revelarnos sus secretos.
Pensábamos que aquel sendero de piedra se desvanecería pronto entre la hierba, pero ocurrió lo contrario: se extendió ante nosotros como una verdadera avenida silvestre, serpenteando entre un bosque profundo, tan vivo que parecía respirarnos.
Descendimos hasta el legendario puente de piedra, y desde allí dos caminos se abrieron como brazos, invitándonos a escoger destino.
Optamos por el que subía con más ímpetu —una subida despiadada, sí, pero de una belleza tan rara que dolía mirarla—. Las primeras panorámicas se desplegaron ante nosotros, revelando los montes misteriosos que custodian este reino del verde.
Campos, bosques y senderos se fundían en una misma esencia, cubriendo el suelo con una alfombra digna de los reyes del bosque.
Llegamos luego a una granja donde unos caballos, traviesos y libres, habían escapado de sus cercas. Nos miraron con una nobleza casi humana, y parecieron indicarnos el mejor camino para seguir adelante.
Descendimos por una carretera sinuosa que se perdía entre colinas hasta toparnos con un sendero junto a un riachuelo salvaje, que corría con la furia alegre de la montaña.
Aquel bosque era un hechizo sin fin. Caminar por él era como habitar un sueño despierto; cada hoja, cada sombra, cada rumor del agua nos mantenía cautivos en su sortilegio.
La caminata se hizo larga, pero cada paso nos acercaba al corazón del encanto: la cascada Putzubeltz. Allí, en medio del bosque, se alzaba como una joya líquida, custodiada por una naturaleza en su máximo esplendor.
Nos despedimos de aquel tesoro por un sendero que ascendía hasta los flancos más impresionantes de las montañas, desde donde las vistas parecían alcanzar el propio paraíso.
Tras varias pequeñas aventuras entre rocas y raíces, comenzamos el descenso hacia la civilización, entre verdes campos y granjas solitarias que parecían soñar con otros tiempos.
Muchos caballos nos observaron pasar, testigos mudos de nuestro breve tránsito por sus dominios.
Atravesamos aldeas, prados y bosques cada vez más frondosos, hasta volver a sentir bajo nuestros pies los caminos encantados que nos devolvían al origen.
Y así, por fin, Arantza apareció en la lejanía, cerrando una caminata de ensueño que aún late en nuestra memoria. Nos ofreció su belleza… y regresamos de ella, para siempre, un poco embrujados.






























































































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