¡Vaya laberinto en el que me metió mi niña trepadora, rompedora de rocas y caminadora como no hay otra! Nos fuimos al paraje municipal del Tello desde el Barranc de la Falaguera, una zona que ya conocíamos por haberla pateado un montón de veces.
El tiempo era perfecto para hacer una ruta larga, así que nos preparamos como campeones trepadores y empezamos a subir a buen ritmo, pasando de caminos forestales a senderos frondosos, en un sinfín de idas y venidas dignas de dos chuchos enloquecidos.
Hay muchos puntos de vista desde los que se puede descubrir todo el litoral y los lejanos montes de la Comunidad Valenciana. El día acompañaba y pudimos sacar fotos impresionantes.
Luego, el camino se convierte en todo un viaje temporal entre zonas rocosas repletas de fósiles y otras cubiertas de matorrales en flor. Nos quedamos impresionados ante tantas rocas marcadas por el paso de los siglos.
A lo lejos, el Besori nos saludaba constantemente. Y por muchas vueltas que diéramos, sabíamos que tarde o temprano tendríamos que subir hasta allí.
Bebimos mucha agua y nos dimos aún más besos para animarnos a seguir con buen pie. La ruta no era difícil, pero sí muy larga, con interminables subidas y bajadas.
Por fin, afrontamos la ascensión al Besori por una colina contundente: una subida larga que parecía abrirnos las puertas del cielo.
Llegamos por fin a nuestra meta del día después de horas de pateo chuchinezco del bueno. Y aunque la cumbre no ofrece vistas mucho más espectaculares que otras zonas del recorrido, siempre es un placer completar el objetivo del día… aunque aún nos quedara mucho por caminar.
A partir de ahí, todo fue bajada a tutiplén, hasta caer en las profundidades de otro barranco que tuvimos que remontar de nuevo para regresar, por fin, al camino forestal del inicio.
Llegamos al coche con la inconfundible sonrisa del Equipo Chuchinezco, el mejor del mundo.



















































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