sábado, 8 de noviembre de 2025

Arritxueta, gran vuelta salvaje de los chuxines, Pais Vasco, septiembre de 2025.

Fue la última ruta de nuestras largas peregrinaciones por el País Vasco, nido estival de los Chuxines. Y, como suele ocurrir en las historias que merecen contarse, empezó con tropiezos: nos costó hallar un rincón donde dejar el coche sin remordimientos. Al final, lo dejamos junto a una antigua destilería, frente a un mural que relataba —en colores y vapores— el arte de transformar la uva en fuego.

Desde el Monumento de Txirrita emprendimos la marcha, con el corazón ligero y el alma despierta. El señor Chuxo, siempre diplomático, trabó amistad con un animalet antes de adentrarnos en un largo sendero forestal que seguía el curso de un riachuelo cristalino. A su orilla, el bosque nos envolvía en un abrazo verde y rumoroso.
















Pronto, el camino empezó a empinarse, y la subida pareció no tener fin. Pero bajo las sombras del hayedo, el cansancio se volvía más llevadero, casi dulce. Cada paso era una conversación con la montaña.






Al fin, al llegar a un refugio, terminó la ascensión. Desde allí, la vista se abría como un poema: montes lejanos, tapizados de bosques hondos, respiraban en calma bajo un cielo que prometía horizontes.





Continuamos por un sendero amable que nos llevó hasta una pequeña Venta, perdida entre montes y silencios, para luego internarnos de nuevo por una pista forestal benévola, que nos invitaba a seguir soñando despiertos.










Llegamos al Collado de Zilegui, territorio conocido: dolmenes derruidos, colinas empinadas, aire antiguo que parecía guardar secretos de piedra. Como la vez anterior, nos tocó trepar… pero esta vez, el pobre Chuxo se sintió desfallecer. Hubo que detenerse una y otra vez, darle tiempo al cuerpo, al alma y al pulso.












Costó, pero su terquedad fue más fuerte que el cansancio. Poco a poco, el buen Chuxo retomó el paso, lento pero firme, atravesando un laberinto de senderos perdidos entre la espesura de un valle que olía a eternidad.






Al fin, alcanzamos el restaurante Iturralde, custodiado por una colonia de pájaros altivos, como si fueran los verdaderos dueños del lugar. No nos quedamos a comer: el Chuxo estaba más pálido que el trasero de un gorrión travieso. Pero ya volveremos, porque los Chuxines no conocen la rendición.








¡Viva los Chuxines, reyes trepadores de cimas imposibles! ¡Volveremos, sí, con más ganas, más amor y más locura, a nuestros queridos Pirineos, patria de nuestros sueños infinitos!

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